martes, 27 de septiembre de 2016

La cosa mística o ¿a qué fregados vine?

Todo sonaba muy fácil y simple.

Pertenecer a un grupo secreto, reunirte para conocer a más mujeres como tú y decididas a cambiar el mundo juntas, exaltando nuestro poder, espiritualidad y femineidad.

¡Aún me lo deben, chicas!

Y de qué forma, ya me veía en meditaciones y rituales que nos hicieran entrar en otra dimensión; pero sólo tuve que conformarme con reuniones propangandistas sobre su producto. La culpa fue mía por tratar de creer ese discurso que sí se pasan unas a otras, generación tras generación, cual tradición oral, sentadas en círculo, como los antiguos consejos de ancianos de las tribus nativas.

Nada más alejado.

Es muy chistoso en realidad, hablan de actividades que jamás hacen y menos practican; valiéndose de las tecnologías recientes como una extensión del cuerpo orgánico. Sobre todo, cuando sabes del tema en cuestión y te quedas con ganas de participar en esas actividades.

Te platican sobre la femineidad, espiritualidad, transformación mágica y empoderamiento como los platillos fuertes de las reuniones que jamás sirven; utilizando palabras clave como: poderosas brujas, aquelarres femeninos, mujeres chingonas, guerreras, entre otras.

Pero lamentablemente, te quedas esperando a que empiece tal aquelarre o magia transformadora. Lo único que si hay es: la misma plática hipnótica que escuchaste desde la primera vez, con la diferencia de que ahora estás del lado de la 'banda', desde donde ves tu cara dibujada en las ´invitadas´ intimidadas cuando fuiste por primera vez, sin saber nada.

El momento sublime donde saboreas el poder de la bola, donde puedes o no participar, según lo convincente de tu aportación; o sólo te quedas mirando al pequeño grupo (a veces una sola mujer) como le dan toda la información abrumadora y se espera a que acepte en caliente, porque en caliente ni se siente.

Mi conciencia ya me martillaba y torturaba, porque algo no estaba bien; no me creía el cuento del todo y mi espíritu lo sabía... pero ¿por qué mi espíritu estaba incómodo si se suponía que la cosa era muy profunda y espiritual?

A estas alturas igual me sentía boba, torturada y sumisa, pero seguía con la pequeña mentira del: yo sí puedo con esto y más. A nadie mentía, sólo a mí misma, porque igual no me creían pero seguía dentro y tenían que jalar conmigo, cómo bien ví con otra integrante pero la hipocresía es moneda corriente al menos ahí, entonces era una posición fácil para mí seguir ese caminito que me mostraron.

Esa clase de ´espiritualidad´ no me va, no me queda y me defraudaba que fuera práctica común pero se convencían entre ellas de que no era eso, vaya, ni entre ellas había una red de confianza veraz; eso era lo más gracioso.

Pero las exigencias del modelito ya iban en aumento, no perdonaban atrasos; así que la presión estaba inundando mi cuerpo, mente y espíritu. Las falsas sonrisas y el aparente apoyo se turnaban mentadas conforme pasaban los días, ya odiaba el timbre de mi celular con cada mensaje, ya no dormía, estaba frustada y enojada.

No era fácil vender un producto en el que no crees y me arriesgaba a que mi círculo social me expulsara, porque igual me creían una loca vendiendo espejitos, habrá quién los compre pero no iba a arriesgar a mis seres queridos por algo que ya me estaba hartando.

La única experiencia espiritual que obtuve fue: la de haberme contaminado de tanta femineidad tóxica y encauzada en cosas que nada tienen que ver con la iluminación divina... porque ese producto no lo conocen y lo mal manejan.

Entonces, en un arranque de locura temporal, desee que el viento de la Rosa de Guadalupe me ventilara mi existencia caótica.

A la distancia, me acordé de Sarah y del modo en que las otras brujas hacían de su temprano empoderamiento una tradición oral que las bándalas se aprendieron muy bien, de cuándo estás con ellas o en contra.

Y de quién poseía la magia realmente.



Lo que siguió después, fue la estocada que mató, nuevamente, una confianza ya trozada.


viernes, 2 de septiembre de 2016

La pregunta del millón.

En toda cruda, se hace el recuento de los daños. 

Revisas que tus pertenencias estén completas, que tus vestiduras estén intactas y que aún traigas las panties puestas; como toda una dama responsable.

Al día siguiente, unas preguntas me rondaban fuertemente en la cabeza: ¿Cuál es tu sueño? y ¿qué necesitas para realizarlo? (La pregunta real que escondían es: ¿Cuánto vale?).

No es ningún secreto, son las preguntas que en ese "bándala" (término con el cuál mi confidente las bautizó al momento de contarle mi experiencia religiosa) me formularon varias veces; tiempo después, reaccioné a que ése era el timbre hipnotizador que aplican sin darte cuenta, como en el programa MK Ultra.

Es efectivo el discurso de recibir "regalos" monetarios, en cifras altas, cada mes, con ayuda multitudinaria, con muchísima buena ondita; olvídense de las comunas hippies y las tandas culeritas de Doña Chole, ésto es lo de hoy.

Discurso que en bola, apoyo mil y todas sobre tí, es totalmente creíble, aceptado y motivador. Pero en el fondo, las cuentas no me salían, ni me salen y nada es tan bueno y bello como para durar para siempre. 

Ni hablar del rollo espiritual que suplen con cánticos quién sabe en qué idioma y con meditaciones tan raras como las recetas que se surten en el tianguis para comprar valium; con explicaciones numerológicas copiadas de algún libro de cábala medio bien.

Con invitaciones motivadoras que llevan las frases: 
"Celebra tu femeneidad" -cómo si cada mañana despertarás en tu modo andrógino o hermafrodita.
"Ven y conoce tu poder femenino" -por si necesitas clases para ser mujer.
"Alcanza tus sueños y empóderate mujer" -excelente slogan mercadológico, sin duda.

Enviadas de forma muy secreta y a miembros selectos... pero tienes que llevar a quién sea, tal cual: A QUIÉN SEA.

Me reservo el tema del poder femenino y sus múltiples sinónimos manejados dentro para un próximo post.

Todo eso mezclado en mi cabeza el día anterior, era realmente mucha información, aturdidora, cegadora y sobre todo: venenosa, como picadura de víbora coralillo; nunca pregunté si había antídoto, pero ése me llegó con el tiempo y de una forma muy dolorosa.

Sin embargo, mi cabeza estaba nublada con la pregunta matadora: ¿Cuál es mi sueño? y ¿Cuánto valía?

Ahí estaba yo, en la encrucijada de algún pueblo de quién sabe dónde a las 12 de la noche esperando que un auto negro llegará con un contrato eterno y sólo necesitara mi firma (con sangre) para hacerlo efectivo y ser feliz por siempre, sin preguntar por el costo; como toda buena persona responsable de hoy en día.

En mi mente aparecieron no uno ni dos, sino chingomil "sueños" que muero por cumplir, soñar no cuesta nada. Y crees que para cumplirlos, necesitas dinero, nomás eso. Lo que no pensé, en ese momento, fue en la segunda pregunta: ¿Cuánto valían?

Cuánto me valían y cuánto valía yo.


Y recordé como Vivian Ward se preguntó lo mismo.